Una sombra me persigue.
Me mira desde su profunda oscuridad.
Convivo con ella.
Está en el viento,
en el agua que tomo
y la que cae del cielo.
Está en la lapicera con la que escribo y en mi cuaderno.
Está a mis espaldas, buscando la mejor posición para mirarme.
Le hablo y no me responde.
Habla otro idioma,
un idioma sin palabras.
En silencio contempla día a día mi existencia.
Hoy traté de acogotarla,
pero se deslizó por mis manos y se escondió en un rincón.
Sabe que estoy escribiendo sobre ella
y que a medida que escribo, poco a poco,
deja de existir.