El Sol reaviva esperanzas
Trae con él su horizonte de eventualidades.
En la oscuridad de la noche
La luna arroja un sutil encanto de plata.
Los días se suceden sin un orden
Por más que intentemos darles forma y sentido.
La vida arroja un mar de tristezas y alegrías
En medio de la tormenta del tiempo.
Diego Paulo Calabrese
Palabras
Palabras
Que caen
Como gotas
Al papel
Palabras
Que brotan
Del silencio de mi boca
Palabras
Que descubren
El universo de tus ojos
O penetran
En lo profundo de tu oído
Meras palabras
Escritas
O dichas
Para negar mi soledad
Que caen
Como gotas
Al papel
Palabras
Que brotan
Del silencio de mi boca
Palabras
Que descubren
El universo de tus ojos
O penetran
En lo profundo de tu oído
Meras palabras
Escritas
O dichas
Para negar mi soledad
El ángel negro
El cielo era gris, con tintes rojizos.
El ángel negro deambulaba por las terrazas y se posó en la mía.
Era una sombra, con alas negras y ojos grises.
Me miraba fijo desde la ventana de mi cuarto que da a la terraza.
No hay Cielo.
El es ángel, pero es de este mundo.
Lo formaron para que la gente no pierda la fe. Pero no lo lograron.
Crearon todo lo que puede crear esta ciudad: una sombra.
El ángel solo ve.
Deambula, perdido, observando y aprendiendo de los demás.
Es común ver, en la noche, cómo las alas negras tapan la luz de la luna.
Nadie lo espera.
Cuando se posa sobre alguna casa, los vecinos cierran sus puertas y bajan las persianas.
La ciudad lo niega.
Suele pedir agua y alimento, pero son muy pocos los que le dan.
Está perdido, viviendo en el infierno.
Quisieron que la gente recupere la fe y lograron todo lo contrario.
Ahora el ángel muere de hambre en mi propia terraza.
El ángel negro deambulaba por las terrazas y se posó en la mía.
Era una sombra, con alas negras y ojos grises.
Me miraba fijo desde la ventana de mi cuarto que da a la terraza.
No hay Cielo.
El es ángel, pero es de este mundo.
Lo formaron para que la gente no pierda la fe. Pero no lo lograron.
Crearon todo lo que puede crear esta ciudad: una sombra.
El ángel solo ve.
Deambula, perdido, observando y aprendiendo de los demás.
Es común ver, en la noche, cómo las alas negras tapan la luz de la luna.
Nadie lo espera.
Cuando se posa sobre alguna casa, los vecinos cierran sus puertas y bajan las persianas.
La ciudad lo niega.
Suele pedir agua y alimento, pero son muy pocos los que le dan.
Está perdido, viviendo en el infierno.
Quisieron que la gente recupere la fe y lograron todo lo contrario.
Ahora el ángel muere de hambre en mi propia terraza.
Alimento
Un sonido a lo lejos me indicaba la presencia de vida humana.
Me acerqué de a poco, caminando lentamente, penetrando en el corazón de la selva.
El día arrojaba los últimos rayos de luz, que se disipaban en la espesura del monte.
Los vi a unos cien metros.
No llevaban ropa.
El cuerpo entero manchado de rojo, en su mayoría barbudos y de pelo largo, parecían aguardar sentados alrededor de una fogata.
Yo me había escapado de mi grupo. No podía soportar el maltrato a los prisioneros nativos.
O volvía con mi grupo, soportando las peores humillaciones, o me acercaba a los nativos, corriendo el riesgo de que me asesinen o me tomen prisionero, pero de otro modo no podría sobrevivir. El hambre llevaba días y mi boca era una tierra árida.
Opté por acercarme a la fogata.
Inmediatamente sintieron mi presencia.
Gritaron algo en su idioma y en segundos me acorralaron.
Como era de esperarse, fui tomado prisionero.
Al caer la noche me dieron algo de comer, una especie de pasta verde que por el hambre que tenía no pude sentirle el gusto. La bebida sí la supe identificar, sobre todo por las carcajadas que sobrevinieron después de haberla vomitado.
Amarrado a un árbol, pasé la noche vigilado por dos nativos que no pararon un segundo de mirarme a los ojos.
De día partimos. Yo iba atado de manos y escoltado por tres de ellos.
Caminamos hasta el mediodía y paramos bajo una cascada. Fueron amables al liberarme y dejarme beber y bañarme en ella.
Volví a comer la pasta verde y rechacé su gentil bebida.
Ellos comían carne que guardaban en paquetes hechos de hojas. El modo en que la comían me causó mucha impresión y de pronto volví a sentir miedo. Ese miedo que se tiene en el monte, que te acompaña hasta en los segundos de sueño y que se vuelve parte de uno mismo, tan presente que deja de sentirse y pasa a ser como el aire que se respira.
Volvimos a caminar. Ya no tenía las manos atadas pero seguía escoltado por tres nativos.
Al atardecer llegamos a su pueblo. Eran unas veinte casas de caña.
Vinieron a recibirme a los gritos un puñado de chicos que festejaban mi llegada.
Alcancé a ver que las mujeres aguardaban dentro de las casas, entre la oscuridad.
Volvieron a atarme las manos y me llevaron hacia una gran casa de caña.
A medida que avanzaba sentía más y más el olor que emanaba de aquella casa. Olía a carne podrida.
De pronto se detuvieron y me tomaron de pies y manos.
Uno de ellos salió de la gran casa y se acercó hacia mí, con un machete que reconocí inmediatamente. Era del jefe de mi grupo.
Con el cuerpo bañado de sangre, me clavó la mirada con ojos cargados de ira.
Me tomaron del pelo. Yo me movía desesperadamente, pataleaba y gritaba, pero mis
gritos eran retenidos por la espesura del monte.
Tenían tanta fuerza que me dominaron por completo.
Tiraban de mi pelo, arrancándome mechones, para que abra la boca.
El del machete estiró la mano hacia mi boca abierta y dominada, tomó la punta de mi lengua y me cortó un pedazo.
Sangré tanto que perdí el conocimiento.
Hoy me desperté dentro de la gran casa de caña y pude identificar a mis compañeros de grupo.
Grité emanando un sonido sordo que tan sólo retumbó en lo profundo de mi cuerpo mutilado.
Sin piernas ni brazos, somos troncos que esperan ser devorados.
Somos su carne, su energía, su alimento.
Ojalá me arranquen la cabeza pero, por lo que veo a mi alrededor, es el plato que dejan para el final.
Me acerqué de a poco, caminando lentamente, penetrando en el corazón de la selva.
El día arrojaba los últimos rayos de luz, que se disipaban en la espesura del monte.
Los vi a unos cien metros.
No llevaban ropa.
El cuerpo entero manchado de rojo, en su mayoría barbudos y de pelo largo, parecían aguardar sentados alrededor de una fogata.
Yo me había escapado de mi grupo. No podía soportar el maltrato a los prisioneros nativos.
O volvía con mi grupo, soportando las peores humillaciones, o me acercaba a los nativos, corriendo el riesgo de que me asesinen o me tomen prisionero, pero de otro modo no podría sobrevivir. El hambre llevaba días y mi boca era una tierra árida.
Opté por acercarme a la fogata.
Inmediatamente sintieron mi presencia.
Gritaron algo en su idioma y en segundos me acorralaron.
Como era de esperarse, fui tomado prisionero.
Al caer la noche me dieron algo de comer, una especie de pasta verde que por el hambre que tenía no pude sentirle el gusto. La bebida sí la supe identificar, sobre todo por las carcajadas que sobrevinieron después de haberla vomitado.
Amarrado a un árbol, pasé la noche vigilado por dos nativos que no pararon un segundo de mirarme a los ojos.
De día partimos. Yo iba atado de manos y escoltado por tres de ellos.
Caminamos hasta el mediodía y paramos bajo una cascada. Fueron amables al liberarme y dejarme beber y bañarme en ella.
Volví a comer la pasta verde y rechacé su gentil bebida.
Ellos comían carne que guardaban en paquetes hechos de hojas. El modo en que la comían me causó mucha impresión y de pronto volví a sentir miedo. Ese miedo que se tiene en el monte, que te acompaña hasta en los segundos de sueño y que se vuelve parte de uno mismo, tan presente que deja de sentirse y pasa a ser como el aire que se respira.
Volvimos a caminar. Ya no tenía las manos atadas pero seguía escoltado por tres nativos.
Al atardecer llegamos a su pueblo. Eran unas veinte casas de caña.
Vinieron a recibirme a los gritos un puñado de chicos que festejaban mi llegada.
Alcancé a ver que las mujeres aguardaban dentro de las casas, entre la oscuridad.
Volvieron a atarme las manos y me llevaron hacia una gran casa de caña.
A medida que avanzaba sentía más y más el olor que emanaba de aquella casa. Olía a carne podrida.
De pronto se detuvieron y me tomaron de pies y manos.
Uno de ellos salió de la gran casa y se acercó hacia mí, con un machete que reconocí inmediatamente. Era del jefe de mi grupo.
Con el cuerpo bañado de sangre, me clavó la mirada con ojos cargados de ira.
Me tomaron del pelo. Yo me movía desesperadamente, pataleaba y gritaba, pero mis
gritos eran retenidos por la espesura del monte.
Tenían tanta fuerza que me dominaron por completo.
Tiraban de mi pelo, arrancándome mechones, para que abra la boca.
El del machete estiró la mano hacia mi boca abierta y dominada, tomó la punta de mi lengua y me cortó un pedazo.
Sangré tanto que perdí el conocimiento.
Hoy me desperté dentro de la gran casa de caña y pude identificar a mis compañeros de grupo.
Grité emanando un sonido sordo que tan sólo retumbó en lo profundo de mi cuerpo mutilado.
Sin piernas ni brazos, somos troncos que esperan ser devorados.
Somos su carne, su energía, su alimento.
Ojalá me arranquen la cabeza pero, por lo que veo a mi alrededor, es el plato que dejan para el final.
La luna
La luna
(Una historia de Patricio)
Salimos de casa a las doce, nos mandaron para lo de la abuela porque al otro día teníamos que ir a la escuela y en casa se juntaban los amigos de papá a festejar su cumpleaños, y mi mamá no quería que viéramos en un día de semana lo que veíamos todos los sábados.
Caminábamos por la ruta, lo de la abuela quedaba a unos dos kilómetros de casa.
La noche no podía ser más oscura, apenas unos rayos de luna iluminaban la ruta, rayos que lograban penetrar por las copas de los árboles que la cercaban. Ningún coche. Sin luz artificial, el camino conducía a un pozo desde el pozo mismo.
Yo caminaba, mi hermano iba a caballo al mismo paso.
Quería correr y mi hermano también, pero nos lo habían prohibido, decían que era peligroso, que algún coche podía pasar sin vernos y nos podía atropellar.
A cada paso que dábamos la oscuridad penetraba más en nosotros, la luna nos marcaba el camino, era lo único que nos mantenía unidos.
Queríamos llegar a lo de la abuela, estar de vuelta mirando el techo hasta quedarnos dormidos, cada uno en su cama. Pero la oscuridad nos distanciaba, el hilo de luz plateado indicaba el camino y había que seguirlo.
Por qué nos teníamos que ir de casa, si ya sabíamos cómo terminaban las reuniones de amigos de papá. Los gritos, el alcohol, las carcajadas, las peleas, los empujones y después le toca a mamá, una vez que se iban los invitados, era el momento en que papá se desquitara con mamá. Unos golpes para saciar el apetito, para poder dormir. El llanto desgarrador de mamá era lo último que escuchábamos antes de cerrar los ojos y soñar, escaparnos del infierno por un momento. Ya lo sabíamos.
Pero estábamos en el pozo. Había que caminar mirando fijo hacia delante, recorriendo el camino de memoria.
No nos hablábamos, no hacía falta.
Miré a mi hermano y la vi a sus espaldas.
Desgarrada. Lágrimas secas de sangre manchaban su cara pálida, hinchada por los golpes. Mirándome fijo un instante pudo comunicarme lo que una vida entera no alcanza a expresar.
Miré al suelo inmediatamente y resé. Grité, pidiendo ayuda a Dios, al Dios que sea, al que no la haya puesto ahí, sentada atrás de mi hermano, al que no la haya golpeado hasta hacerla llorar sangre, al que no le haya rasguñado el cuello con garras hambrientas de carne humana. El Dios que no le haya destrozado la ropa hasta dejarla semidesnuda, exhibiendo un cuerpo frágil, o lo que quedaba de él, y su carne pálida, plateada como la luna.
No pude más que caminar, seguir ese camino de agonía, gritando, pidiendo por favor que no me mire más, que se vaya de atrás de mi hermano, que no nos siga.
Desde el piso pude ver una luz amarilla que se iba acrecentando, y el sonido de un coche llegó para darme respiro.
La luz del auto nos iluminó hasta cegarnos.
Con un chasquido infernal logró frenar y bajó de él una sombra que poco a poco fue cobrando forma humana.
Sin darnos cuenta estábamos en el medio de la ruta.
Me arrodillé, y desde el suelo le supliqué a esa figura humana que nos llevara a lo de la abuela.
Dejamos el caballo y subimos al coche.
Ella ya no estaba ahí.
Mi hermano no la vio. Yo no sé si alguna vez estuvo.
Cuando despertamos al día siguiente, en lo de la abuela, nos lo contaron y no me sorprendí.
Porque ya sabía que esa noche papá y sus amigos, como hienas, rodearon a mamá.
Aquella noche la luna nos marcó el camino y me mostró la realidad.
(Una historia de Patricio)
Salimos de casa a las doce, nos mandaron para lo de la abuela porque al otro día teníamos que ir a la escuela y en casa se juntaban los amigos de papá a festejar su cumpleaños, y mi mamá no quería que viéramos en un día de semana lo que veíamos todos los sábados.
Caminábamos por la ruta, lo de la abuela quedaba a unos dos kilómetros de casa.
La noche no podía ser más oscura, apenas unos rayos de luna iluminaban la ruta, rayos que lograban penetrar por las copas de los árboles que la cercaban. Ningún coche. Sin luz artificial, el camino conducía a un pozo desde el pozo mismo.
Yo caminaba, mi hermano iba a caballo al mismo paso.
Quería correr y mi hermano también, pero nos lo habían prohibido, decían que era peligroso, que algún coche podía pasar sin vernos y nos podía atropellar.
A cada paso que dábamos la oscuridad penetraba más en nosotros, la luna nos marcaba el camino, era lo único que nos mantenía unidos.
Queríamos llegar a lo de la abuela, estar de vuelta mirando el techo hasta quedarnos dormidos, cada uno en su cama. Pero la oscuridad nos distanciaba, el hilo de luz plateado indicaba el camino y había que seguirlo.
Por qué nos teníamos que ir de casa, si ya sabíamos cómo terminaban las reuniones de amigos de papá. Los gritos, el alcohol, las carcajadas, las peleas, los empujones y después le toca a mamá, una vez que se iban los invitados, era el momento en que papá se desquitara con mamá. Unos golpes para saciar el apetito, para poder dormir. El llanto desgarrador de mamá era lo último que escuchábamos antes de cerrar los ojos y soñar, escaparnos del infierno por un momento. Ya lo sabíamos.
Pero estábamos en el pozo. Había que caminar mirando fijo hacia delante, recorriendo el camino de memoria.
No nos hablábamos, no hacía falta.
Miré a mi hermano y la vi a sus espaldas.
Desgarrada. Lágrimas secas de sangre manchaban su cara pálida, hinchada por los golpes. Mirándome fijo un instante pudo comunicarme lo que una vida entera no alcanza a expresar.
Miré al suelo inmediatamente y resé. Grité, pidiendo ayuda a Dios, al Dios que sea, al que no la haya puesto ahí, sentada atrás de mi hermano, al que no la haya golpeado hasta hacerla llorar sangre, al que no le haya rasguñado el cuello con garras hambrientas de carne humana. El Dios que no le haya destrozado la ropa hasta dejarla semidesnuda, exhibiendo un cuerpo frágil, o lo que quedaba de él, y su carne pálida, plateada como la luna.
No pude más que caminar, seguir ese camino de agonía, gritando, pidiendo por favor que no me mire más, que se vaya de atrás de mi hermano, que no nos siga.
Desde el piso pude ver una luz amarilla que se iba acrecentando, y el sonido de un coche llegó para darme respiro.
La luz del auto nos iluminó hasta cegarnos.
Con un chasquido infernal logró frenar y bajó de él una sombra que poco a poco fue cobrando forma humana.
Sin darnos cuenta estábamos en el medio de la ruta.
Me arrodillé, y desde el suelo le supliqué a esa figura humana que nos llevara a lo de la abuela.
Dejamos el caballo y subimos al coche.
Ella ya no estaba ahí.
Mi hermano no la vio. Yo no sé si alguna vez estuvo.
Cuando despertamos al día siguiente, en lo de la abuela, nos lo contaron y no me sorprendí.
Porque ya sabía que esa noche papá y sus amigos, como hienas, rodearon a mamá.
Aquella noche la luna nos marcó el camino y me mostró la realidad.
El enemigo
Los suspiros se mezclan en el viento seco de la noche.
El calor no deja respirar, pero debemos dormir y prepararnos para lo que vendrá.
Nos llegaron noticias de que el enemigo nos espera a seis kilómetros, agazapado entre las dunas, más cargado de valor que de armas de guerra.
Pronto amanecerá en el desierto, y se cumplirá el décimo día desde la llegada.
Una tierra que me es ajena.
La arena se extiende hasta donde no llegan los ojos. Todo puede pasar.
El cielo es más azul que negro.
Las estrellas aquí se multiplican hasta el infinito, abarcan la inmensidad del desierto y te rodean, como un brazo enorme que pretende estrangularte.
No puedo dormir, son muy pocos los que logran hacerlo.
El sol asoma en el horizonte como el ojo de un volcán.
Nos gritan que debemos despertarnos.
Tal vez sea mi último día, ya no me importa.
Tal vez ya esté muerto y éste sea el infierno.
Caminamos diez horas sin detenernos, condenados a una peregrinación hacia la muerte.
Algunos de mis compañeros confían en que vamos a derrotar al enemigo. Dios nos guía hacia la victoria, actuamos en nombre de él. Eso dicen.
Las piernas me tiemblan.
Algunos caen derrotados por el calor y el cansancio, pero los gritos los ponen de pie, los cargan de coraje.
El enemigo grita a lo lejos.
Nos esperan, gritando, nos esperan.
Son gritos inhumanos y nos desesperan.
Ya no siento las piernas.
Los gritos aturden, se multiplican, pero no vemos al enemigo.
Es el desierto el que grita.
Devolvemos los gritos, pretendiendo gritar más fuerte, pero es imposible. Nuestras gargantas sólo emanan aire seco como la arena.
Corremos, enloquecidos, en el intento de cruzarnos con el enemigo, atravesarlo con el odio y el miedo que nos domina.
El bramido del desierto nos aturde, no nos deja seguir.
Caemos desesperados a la arena caliente, tapándonos los odios.
Pero la arena arde, y el desierto huele a carne quemada.
Somos su enemigo.
Logro ver cómo se acercan las tropas.
Nos rodean, desvainan, y en nombre de Dios comienza la cacería.
Rendidos, calcinados, aturdidos.
Uno a uno, en nombre de Dios, caemos en las garras del Diablo.
El calor no deja respirar, pero debemos dormir y prepararnos para lo que vendrá.
Nos llegaron noticias de que el enemigo nos espera a seis kilómetros, agazapado entre las dunas, más cargado de valor que de armas de guerra.
Pronto amanecerá en el desierto, y se cumplirá el décimo día desde la llegada.
Una tierra que me es ajena.
La arena se extiende hasta donde no llegan los ojos. Todo puede pasar.
El cielo es más azul que negro.
Las estrellas aquí se multiplican hasta el infinito, abarcan la inmensidad del desierto y te rodean, como un brazo enorme que pretende estrangularte.
No puedo dormir, son muy pocos los que logran hacerlo.
El sol asoma en el horizonte como el ojo de un volcán.
Nos gritan que debemos despertarnos.
Tal vez sea mi último día, ya no me importa.
Tal vez ya esté muerto y éste sea el infierno.
Caminamos diez horas sin detenernos, condenados a una peregrinación hacia la muerte.
Algunos de mis compañeros confían en que vamos a derrotar al enemigo. Dios nos guía hacia la victoria, actuamos en nombre de él. Eso dicen.
Las piernas me tiemblan.
Algunos caen derrotados por el calor y el cansancio, pero los gritos los ponen de pie, los cargan de coraje.
El enemigo grita a lo lejos.
Nos esperan, gritando, nos esperan.
Son gritos inhumanos y nos desesperan.
Ya no siento las piernas.
Los gritos aturden, se multiplican, pero no vemos al enemigo.
Es el desierto el que grita.
Devolvemos los gritos, pretendiendo gritar más fuerte, pero es imposible. Nuestras gargantas sólo emanan aire seco como la arena.
Corremos, enloquecidos, en el intento de cruzarnos con el enemigo, atravesarlo con el odio y el miedo que nos domina.
El bramido del desierto nos aturde, no nos deja seguir.
Caemos desesperados a la arena caliente, tapándonos los odios.
Pero la arena arde, y el desierto huele a carne quemada.
Somos su enemigo.
Logro ver cómo se acercan las tropas.
Nos rodean, desvainan, y en nombre de Dios comienza la cacería.
Rendidos, calcinados, aturdidos.
Uno a uno, en nombre de Dios, caemos en las garras del Diablo.
Sombra
Una sombra me persigue.
Me mira desde su profunda oscuridad.
Convivo con ella.
Está en el viento,
en el agua que tomo
y la que cae del cielo.
Está en la lapicera con la que escribo y en mi cuaderno.
Está a mis espaldas, buscando la mejor posición para mirarme.
Le hablo y no me responde.
Habla otro idioma,
un idioma sin palabras.
En silencio contempla día a día mi existencia.
Hoy traté de acogotarla,
pero se deslizó por mis manos y se escondió en un rincón.
Sabe que estoy escribiendo sobre ella
y que a medida que escribo, poco a poco,
deja de existir.
Me mira desde su profunda oscuridad.
Convivo con ella.
Está en el viento,
en el agua que tomo
y la que cae del cielo.
Está en la lapicera con la que escribo y en mi cuaderno.
Está a mis espaldas, buscando la mejor posición para mirarme.
Le hablo y no me responde.
Habla otro idioma,
un idioma sin palabras.
En silencio contempla día a día mi existencia.
Hoy traté de acogotarla,
pero se deslizó por mis manos y se escondió en un rincón.
Sabe que estoy escribiendo sobre ella
y que a medida que escribo, poco a poco,
deja de existir.
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