El enemigo

Los suspiros se mezclan en el viento seco de la noche.

El calor no deja respirar, pero debemos dormir y prepararnos para lo que vendrá.

Nos llegaron noticias de que el enemigo nos espera a seis kilómetros, agazapado entre las dunas, más cargado de valor que de armas de guerra.

Pronto amanecerá en el desierto, y se cumplirá el décimo día desde la llegada.

Una tierra que me es ajena.

La arena se extiende hasta donde no llegan los ojos. Todo puede pasar.

El cielo es más azul que negro.

Las estrellas aquí se multiplican hasta el infinito, abarcan la inmensidad del desierto y te rodean, como un brazo enorme que pretende estrangularte.

No puedo dormir, son muy pocos los que logran hacerlo.

El sol asoma en el horizonte como el ojo de un volcán.

Nos gritan que debemos despertarnos.

Tal vez sea mi último día, ya no me importa.

Tal vez ya esté muerto y éste sea el infierno.

Caminamos diez horas sin detenernos, condenados a una peregrinación hacia la muerte.

Algunos de mis compañeros confían en que vamos a derrotar al enemigo. Dios nos guía hacia la victoria, actuamos en nombre de él. Eso dicen.

Las piernas me tiemblan.

Algunos caen derrotados por el calor y el cansancio, pero los gritos los ponen de pie, los cargan de coraje.

El enemigo grita a lo lejos.

Nos esperan, gritando, nos esperan.

Son gritos inhumanos y nos desesperan.

Ya no siento las piernas.

Los gritos aturden, se multiplican, pero no vemos al enemigo.

Es el desierto el que grita.

Devolvemos los gritos, pretendiendo gritar más fuerte, pero es imposible. Nuestras gargantas sólo emanan aire seco como la arena.

Corremos, enloquecidos, en el intento de cruzarnos con el enemigo, atravesarlo con el odio y el miedo que nos domina.

El bramido del desierto nos aturde, no nos deja seguir.

Caemos desesperados a la arena caliente, tapándonos los odios.

Pero la arena arde, y el desierto huele a carne quemada.

Somos su enemigo.

Logro ver cómo se acercan las tropas.

Nos rodean, desvainan, y en nombre de Dios comienza la cacería.

Rendidos, calcinados, aturdidos.

Uno a uno, en nombre de Dios, caemos en las garras del Diablo.