La luna
(Una historia de Patricio)
Salimos de casa a las doce, nos mandaron para lo de la abuela porque al otro día teníamos que ir a la escuela y en casa se juntaban los amigos de papá a festejar su cumpleaños, y mi mamá no quería que viéramos en un día de semana lo que veíamos todos los sábados.
Caminábamos por la ruta, lo de la abuela quedaba a unos dos kilómetros de casa.
La noche no podía ser más oscura, apenas unos rayos de luna iluminaban la ruta, rayos que lograban penetrar por las copas de los árboles que la cercaban. Ningún coche. Sin luz artificial, el camino conducía a un pozo desde el pozo mismo.
Yo caminaba, mi hermano iba a caballo al mismo paso.
Quería correr y mi hermano también, pero nos lo habían prohibido, decían que era peligroso, que algún coche podía pasar sin vernos y nos podía atropellar.
A cada paso que dábamos la oscuridad penetraba más en nosotros, la luna nos marcaba el camino, era lo único que nos mantenía unidos.
Queríamos llegar a lo de la abuela, estar de vuelta mirando el techo hasta quedarnos dormidos, cada uno en su cama. Pero la oscuridad nos distanciaba, el hilo de luz plateado indicaba el camino y había que seguirlo.
Por qué nos teníamos que ir de casa, si ya sabíamos cómo terminaban las reuniones de amigos de papá. Los gritos, el alcohol, las carcajadas, las peleas, los empujones y después le toca a mamá, una vez que se iban los invitados, era el momento en que papá se desquitara con mamá. Unos golpes para saciar el apetito, para poder dormir. El llanto desgarrador de mamá era lo último que escuchábamos antes de cerrar los ojos y soñar, escaparnos del infierno por un momento. Ya lo sabíamos.
Pero estábamos en el pozo. Había que caminar mirando fijo hacia delante, recorriendo el camino de memoria.
No nos hablábamos, no hacía falta.
Miré a mi hermano y la vi a sus espaldas.
Desgarrada. Lágrimas secas de sangre manchaban su cara pálida, hinchada por los golpes. Mirándome fijo un instante pudo comunicarme lo que una vida entera no alcanza a expresar.
Miré al suelo inmediatamente y resé. Grité, pidiendo ayuda a Dios, al Dios que sea, al que no la haya puesto ahí, sentada atrás de mi hermano, al que no la haya golpeado hasta hacerla llorar sangre, al que no le haya rasguñado el cuello con garras hambrientas de carne humana. El Dios que no le haya destrozado la ropa hasta dejarla semidesnuda, exhibiendo un cuerpo frágil, o lo que quedaba de él, y su carne pálida, plateada como la luna.
No pude más que caminar, seguir ese camino de agonía, gritando, pidiendo por favor que no me mire más, que se vaya de atrás de mi hermano, que no nos siga.
Desde el piso pude ver una luz amarilla que se iba acrecentando, y el sonido de un coche llegó para darme respiro.
La luz del auto nos iluminó hasta cegarnos.
Con un chasquido infernal logró frenar y bajó de él una sombra que poco a poco fue cobrando forma humana.
Sin darnos cuenta estábamos en el medio de la ruta.
Me arrodillé, y desde el suelo le supliqué a esa figura humana que nos llevara a lo de la abuela.
Dejamos el caballo y subimos al coche.
Ella ya no estaba ahí.
Mi hermano no la vio. Yo no sé si alguna vez estuvo.
Cuando despertamos al día siguiente, en lo de la abuela, nos lo contaron y no me sorprendí.
Porque ya sabía que esa noche papá y sus amigos, como hienas, rodearon a mamá.
Aquella noche la luna nos marcó el camino y me mostró la realidad.