Alimento

Un sonido a lo lejos me indicaba la presencia de vida humana.

Me acerqué de a poco, caminando lentamente, penetrando en el corazón de la selva.

El día arrojaba los últimos rayos de luz, que se disipaban en la espesura del monte.

Los vi a unos cien metros.

No llevaban ropa.

El cuerpo entero manchado de rojo, en su mayoría barbudos y de pelo largo, parecían aguardar sentados alrededor de una fogata.

Yo me había escapado de mi grupo. No podía soportar el maltrato a los prisioneros nativos.

O volvía con mi grupo, soportando las peores humillaciones, o me acercaba a los nativos, corriendo el riesgo de que me asesinen o me tomen prisionero, pero de otro modo no podría sobrevivir. El hambre llevaba días y mi boca era una tierra árida.
Opté por acercarme a la fogata.

Inmediatamente sintieron mi presencia.

Gritaron algo en su idioma y en segundos me acorralaron.

Como era de esperarse, fui tomado prisionero.

Al caer la noche me dieron algo de comer, una especie de pasta verde que por el hambre que tenía no pude sentirle el gusto. La bebida sí la supe identificar, sobre todo por las carcajadas que sobrevinieron después de haberla vomitado.

Amarrado a un árbol, pasé la noche vigilado por dos nativos que no pararon un segundo de mirarme a los ojos.

De día partimos. Yo iba atado de manos y escoltado por tres de ellos.

Caminamos hasta el mediodía y paramos bajo una cascada. Fueron amables al liberarme y dejarme beber y bañarme en ella.

Volví a comer la pasta verde y rechacé su gentil bebida.

Ellos comían carne que guardaban en paquetes hechos de hojas. El modo en que la comían me causó mucha impresión y de pronto volví a sentir miedo. Ese miedo que se tiene en el monte, que te acompaña hasta en los segundos de sueño y que se vuelve parte de uno mismo, tan presente que deja de sentirse y pasa a ser como el aire que se respira.

Volvimos a caminar. Ya no tenía las manos atadas pero seguía escoltado por tres nativos.

Al atardecer llegamos a su pueblo. Eran unas veinte casas de caña.

Vinieron a recibirme a los gritos un puñado de chicos que festejaban mi llegada.

Alcancé a ver que las mujeres aguardaban dentro de las casas, entre la oscuridad.

Volvieron a atarme las manos y me llevaron hacia una gran casa de caña.

A medida que avanzaba sentía más y más el olor que emanaba de aquella casa. Olía a carne podrida.

De pronto se detuvieron y me tomaron de pies y manos.

Uno de ellos salió de la gran casa y se acercó hacia mí, con un machete que reconocí inmediatamente. Era del jefe de mi grupo.

Con el cuerpo bañado de sangre, me clavó la mirada con ojos cargados de ira.

Me tomaron del pelo. Yo me movía desesperadamente, pataleaba y gritaba, pero mis
gritos eran retenidos por la espesura del monte.

Tenían tanta fuerza que me dominaron por completo.

Tiraban de mi pelo, arrancándome mechones, para que abra la boca.

El del machete estiró la mano hacia mi boca abierta y dominada, tomó la punta de mi lengua y me cortó un pedazo.

Sangré tanto que perdí el conocimiento.

Hoy me desperté dentro de la gran casa de caña y pude identificar a mis compañeros de grupo.

Grité emanando un sonido sordo que tan sólo retumbó en lo profundo de mi cuerpo mutilado.

Sin piernas ni brazos, somos troncos que esperan ser devorados.

Somos su carne, su energía, su alimento.

Ojalá me arranquen la cabeza pero, por lo que veo a mi alrededor, es el plato que dejan para el final.